El Mundial de 2026 se celebra en un contexto de explosivas tensiones geopolíticas que trascienden el ámbito futbolístico. En el centro de estas tensiones se encuentra la cuestión de Groenlandia, territorio autónomo perteneciente a Dinamarca, que Donald Trump ha vuelto a invocar como un asunto de interés estratégico estadounidense, reavivando importantes desavenencias diplomáticas con la Unión Europea.
A esto se suman las recientes intervenciones militares estadounidenses en América Latina y África, especialmente en Venezuela y Nigeria, denunciadas por varios gobiernos occidentales como violaciones de la soberanía estatal. Estas acciones han alimentado un creciente malestar en torno al papel de Estados Unidos como principal país anfitrión del Mundial, donde se disputarán 78 de los 104 partidos.
Para muchos líderes políticos europeos, albergar la mayor competición deportiva del mundo en un país acusado de «destruir el derecho internacional» plantea un importante problema moral y simbólico, especialmente ante la proximidad del evento, un evento destinado a promover la unidad entre las naciones. Esta inquietud se ve agravada por la restrictiva política migratoria de la administración Trump, que afecta directamente a la organización del torneo.
El Departamento de Estado de EE. UU. ha anunciado la suspensión del trámite de visados para ciudadanos de 75 países, además de la prohibición de viajar a casi 40 países, entre ellos Afganistán, Irán, Somalia y Rusia. En este contexto, la FIFA lanzó el FIFA PASS, un sistema de citas prioritarias para entrevistas para quienes posean entradas y deseen viajar a Estados Unidos. Presentada en un evento en la Casa Blanca al que asistieron Donald Trump, Marco Rubio y Gianni Infantino, esta iniciativa busca facilitar el acceso de los aficionados a EE. UU., a la vez que aplica un estricto control de entrada. «Estados Unidos da la bienvenida al mundo», declaró el presidente de la FIFA, mientras que Marco Rubio aclaró que estas citas permitirían a los aficionados «demostrar que cumplen los criterios».
Una medida que ha suscitado fuertes críticas, ya que algunos la consideran la creación de un Mundial de dos niveles, donde miles de aficionados, asistentes, personal de las federaciones e incluso árbitros de «países considerados de alto riesgo» podrían quedar prácticamente excluidos de la competición.
Ante esta acumulación de tensiones, los llamamientos al boicot, o al menos a un debate sobre la participación, se multiplican por toda Europa.
En Alemania, el vicepresidente de la DFB, Oke Göttlich, declaró que «ha llegado el momento de considerar y debatir seriamente este asunto», considerando que «la amenaza potencial es mayor hoy que durante los boicots olímpicos de la década de 1980». Se pregunta abiertamente: «¿Se rompe un tabú cuando nos amenazan? ¿Cuando nos atacan? ¿Cuando hay muertes? Me gustaría saber dónde pone el límite Donald Trump». Mientras tanto, el diputado conservador Roderich Kiesewetter declaró que le resultaba «difícil imaginar que países europeos participen en el Mundial» en caso de una escalada con la UE. En el Reino Unido, 23 diputados de diversos partidos firmaron una moción que exige la exclusión temporal de Estados Unidos de los grandes eventos deportivos hasta que demuestre un «claro respeto por el derecho internacional y la soberanía de otras naciones», citando explícitamente las intervenciones en Venezuela y Nigeria.
En Escocia, el debate también ha llegado al ámbito político. La exdiputada del SNP Hannah Kennedy-Bardell planteó la posibilidad de un boicot al Mundial de 2026 en el programa Scotland Tonight, en respuesta a las amenazas de Donald Trump respecto a Groenlandia. «Es fácil restarle importancia a la locura y la imprudencia de Donald Trump, pero en realidad, tiene implicaciones prácticas reales», explicó, refiriéndose a las consecuencias para Dinamarca y Groenlandia, así como al impacto de una posible guerra comercial en las poblaciones europeas, ya debilitadas por el Brexit y la crisis del coste de la vida.
En Francia, el diputado del LFI Éric Coquerel instó a la FIFA a no celebrar partidos en suelo estadounidense, abogando por un reenfoque en México y Canadá: «Ningún partido debería celebrarse en suelo estadounidense», declaró, denunciando a un país que «agrede a sus vecinos, amenaza con invadir Groenlandia» y «prohíbe la asistencia al torneo a aficionados de unos quince países».
El expresidente de la FIFA, Sepp Blatter, no dudó en advertir a los aficionados de todo el mundo. Por el contrario, varias federaciones y gobiernos rechazan en esta etapa cualquier estrategia de boicot.









