SELECCION FRANCESA: Griezmann, el rey ya llora en paz

Se hartó a llorar Griezmann al ser eliminado en el Mundial de Brasil de hace cuatro años frente a Alemania. Acabó devastado hace dos cuando, en Saint-Denis, Francia dejó escapar la Eurocopa en la prórroga contra Portugal por culpa del gol de Éder. Un jornalero ya olvidado. Las lágrimas del menudo delantero, por fin, ya no son las de un príncipe torturado. Son las de un rey liberado tras burlar por fin su destino. Ya es campeón del Mundo. Abrazado a Giroud, su fiel escudero, un hombre que sacrificó toda grandeza en el campo para ayudar a su amigo Grizzi, estremeció. Hasta que se quedó solo en el centro del campo. Se llevó la camiseta a la cara. Fue insuficiente para controlar los sollozos.

De acuerdo. Croacia, que había llegado al encuentro definitivo al límite, exhausta tras haber disputado tres prórrogas, acabó por derrumbarse ante la fortaleza física y defensiva de Francia. Pero fue Griezmann quien mejor supo interpretar las necesidades de un partido en el que siempre intervino de manera decisiva. De hecho, participó el futbolista franquicia de los Bleus en tres de los cuatro goles del combinado de Deschamps. Ahí es nada.
En el gol inaugural fue Griezmann quien forzó la polémica falta de Brozovic.

Se responsabilizó el futbolista del Atlético de lanzar la falta que Mandzukic acabaría por cabecear a su propia portería. En el segundo tanto, también fue Griezmann quien botó el córner que acabó con la pelota golpeando en el brazo de Perisic. Grizzi encontró la calma adecuada para batir con suma tranquilidad a Subasic desde el punto de penalti. Aún hubo más. En el tercer gol, y después de que Mbappé, tremendo Mundial el suyo, diera sentido a un contragolpe, Griezmann paró el tiempo. Sus botines hipnotizaron a los croatas que le rodeaban y, ante el grito contenido del estadio Luzhniki, acarició la pelota para que Pogba soltara dos martillazos desde la frontal.

Didier Deschamps pedía calma mientras los futbolistas de Francia se amontonaban en uno de los córners del estadio. Y Griezmann, que había amanecido en el túnel de vestuarios con los ojos vidriosos, incluso tembloroso, consciente de que quizá nadie le perdonaría una nueva caída, bordó la segunda estrella en el pecho de la selección francesa.

La mística seguirá recordando a aquella Francia de Zidane que conquistó el Mundial en 1998. La de Didier Deschamps, mucho menos poética, caciquil, con el contragolpe y la estrategia como única razón de ser, ha mostrado un nuevo camino para conquistar el Mundo. Y Griezmann, que podía sentirse de lo más extraño ante semejante escenario, autor de cuatro goles (los mismos que Mbappé) en el torneo, sólo tuvo que tirar de inteligencia. El fútbol, y el corazón, ya lo tenía. El Balón de Oro, la próxima frontera.

Fuente: elmundo.es